Mi pueblo está llorando

Mi pueblo, aquel universo perfecto —el pedacito de cielo bajo la tierra— del que siempre hablo y refiero en mis memorias, y al que he amado más que a mismo; está llorando las ascuas de este sistema político que lleva las manos manchadas de mediocridad, inmoralidad y corrupción; está llorando esta democracia en el que elegir y ser elegido es apenas un juego político controlado por los grupos de poder.

Pero, no me pregunten más porqués de su lamento que no sabría responder: llora por el caos y la miseria que siembran entre sus estructuras sociales los aprendices de dictadorcillos y politiqueros, pues, estos comercian con su hambre y su necedad; llora por sus grandes principios y valores fundamentales, que una vez rigieron su caminar, y que hoy han quedado relegados a la nada; llora por sus hijos, hoy llamados ciudadanos que, como decía Facundo Cabral, apenas valen un voto.

Han logrado domar las fuerzas indómitas de nuestras conciencias y voluntades. Han llegado a domesticar nuestras libertades para tener poder sobre nosotros. Han matado todo fuego de rebeldía que ardía en nuestros pechos, y volver a encender costará. Han muerto la esperanza y arrancado de nuestros corazones la rabia y la indignación. Han apagado en nuestros espíritus toda capacidad de respuesta, de lucha, incluso han muerto nuestras voces contestatarias. Han sesgado por completo nuestros sagrados caminos e instaurado otros de acuerdo a sus intereses. Pero lo peor no es eso, lo peor es que hemos olvidado quienes somos, pues, hemos aprendido a convivir con el miedo y el hambre. Y no solo eso, sino que, cual perros que una vez vendieron su libertad, por el calor del fuego humeante y las sobras de la carnicería humana; así, hemos vendido nuestra libertad a este sistema, por la comodidad de sus antenas parlantes y las dádivas de sus programas sociales.

Hoy, ya no late en nuestros corazones la esperanza, solo este conformismo que nos está matando. Soñamos esta modorra, pero parecemos no darnos cuenta de este letargo. Sentimos las punzadas de este sistema, pero procuramos ignorar. Sufrimos esta realidad, pero intentamos no sentir el dolor. Y por ello, cuánta pena carga mi corazón, cuánta rabia arrastra mi alma, y cuánto dolor cargan mis espaldas, al ver mi pueblo sin mañana.

Y mientras no haya en nosotros un poco de dignidad y rebeldía, viejos otorongos y aprendices de politiqueros, desde sus mazmorras y castillos de fantasías ubicados en las grandes urbes, seguirán sorteando la suerte de los que tenemos menos y conjurando mil estrategias para cercenar nuestras voluntades. Pero supongo que no podrá ser para siempre. Algún día, tengo la esperanza de que todo cambiará. Algún día surgirán los líderes de los de abajo, hombres auténticos que realmente lucharán junto a su pueblo por cambiar esta precaria realidad. Aquel día, dejaremos de ser meros espectadores de este circo electoral y emprenderemos nuestros caminos hacia la libertad. Pero, para que aquel día diferente surja es necesario forjarla hoy.

Cachora, octubre de 2021

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