Mi primer recuerdo

Al Sureste del majestuoso Padreyoc, al cual llamamos Nevado de Salkantay, y a la margen izquierda del gran río Apurímac se levanta imponente nuestro Arroyo ―digo nuestro, porque yo tan solo fui uno más de aquellas voces que aprendieron la vida en sus praderas y riachuelos―. Aguas Blancas, que así se llama este vergel, un lugar de ensueño que florece en todas la estaciones del año, es apenas un pequeño barrio de la Comunidad Campesina de Asil, que alberga un centenar de familias. Y fue en medio de este pequeño paraíso, que se alza al Sur del Distrito de San Pedro de Cachora que nací un día, y allí viví los mejores años de mi vida, sobre todo aquellos años de fuego que forjaron el alma mía. Fue en sus caminos polvorientos y verdes praderas que aprendí la grandeza y la fragilidad de la vida. En las praderas verdes de Asil comenzaron las memorias de mi tiempo y los largos caminos de mi existencia, todavía cuando era un infante.

Mas, si les dijera que de aquellos años maravillosos recuerdo todo, seguro que no me creerán; así que, será mejor decir: recuerdo casi todo, desde los tres años de edad. Recuerdo el amanecer de mi vida esparciéndose entre la inocencia y la curiosidad de mi infancia. Recuerdo con tanta claridad las sonrisas y lágrimas de mi niñez mezclándose con la lucha fuerte de los hombres de mi entorno por perdurar en el tiempo. Recuerdo el despertar de mi cuerpo al mundo de los grandes, al cual otros llaman pubertad, transando principios y valores por ideales que me perseguirían siempre. Recuerdo la lucha solitaria de mi vida por los mundos diferentes en los que una vez creí, y la elección de los caminos diferentes que me llevaron a ser yo. Recuerdo el canto de las avecillas, el susurro del viento, el murmullo de nuestros riachuelos embravecidos, las memorias de nuestros ancestros, la lucha de nuestro pueblo por perdurar, las nubes juguetonas de marzo, las perpetúas nieves de Salkantay, las gotas de rocío discurriendo por entre las hojas de las hierbas y los árboles, el viento de agosto jugando con los árboles y arbustos, las primeras lluvias de setiembre invitándonos a sembrar, los ocasos dormidos que miraba extasiado desde la pequeña colina que se levantaba entre los eucaliptos y capulies.

Al decir: recuerdo casi todo desde los tres años, no intento negar otras memorias de años anteriores; mas aquellos recuerdos son apenas las memorias borrosas y prohibidas que descansan en lo más profundo de mi ser, y supongo que a todos nos pasa lo mismo, que los primeros recuerdos de nuestras vidas son tan esquivos, por eso que llaman amnesia infantil. Pero, a pesar de las concepciones que pretenden explicar las memorias borrosas de nuestros primeros años de vida, seguro que todos recordamos algo de nuestra niñez, de cuando teníamos tres o cuatros años, al cual llamamos primer recuerdo.

Entonces, cuál fue el primer recuerdo de mi vida? Cual mi primera evocación de la vida que mi ser guarda celosamente? No es fácil responder, porque los recuerdos se entremezclan y porfían en una lucha interna por ser el primero. Pero de todos ellos, solo uno es el que más recuerdo con nitidez, y un solo año de mi niñez es el más visitado y recordado con tanta claridad, en el que tuve que dejar la tierra mía y mi familia por culpa de un flagelo social que golpeó la nación peruana: el terrorismo. El primer recuerdo de mi vida se remonta a aquella vez en que apenas era un aprendiz de explorador que se sorprendía con cada cosa que descubría.

Aquel día al cual pretendo dirigirme tendría tres años, digo tres porque no pudieron ser más ni menos, porque a los cuatro años comencé ir al jardín, y aquel día aún no estaba aún en el jardín; sino que, me hallaba jugando en el patio de mi abuela con otros niños, sin dejarme influir por los acontecimientos de mi entorno. La primera impresión de mí vida, el cual es el más vivo recuerdo de mi niñez, fue el espléndido día de sol en el que las nuevas de mi abuela terminaron enseñándome que la vida recién comenzaba para mí.

Mis ojos se pierden en la distancia, buscando entre las laderas de Qeshqaqata a la madre de nuestro potro que yacía en medio del barranco. Pero, por más que intento, apenas veo la luz refractándose en la distancia y los arbustos que titilan bajo el sol del mediodía. Estoy parado todavía en pañales sobre una pequeña piedra mirando la ladera, junto con otros niños de mi edad que también se esfuerzan por divisar el lugar del siniestro, pero tampoco ven nada. Más al ver la posición privilegiada que tengo sobre la piedra, uno de ellos que era mayor que yo en tres años me pregunta:

―Dónde? Estás viendo?

―Allá, a los lejos, en medio de la ladera. Qué, no vez?

―Respondí con toda la inocencia y quizá malicia de los grandes, cuando en realidad yo tampoco veía nada.

Con el tiempo aprendí que la vida sería una lucha intensa en el que habría que ir siempre un paso adelante, y fue quizá por ello yo elegí ser un tanto diferente; aunque no habría que tomarlo así, aquello apenas fue un intento por demostrarme que yo podía más.

Hoy en la distancia, al rememorar el día aquel, vuelvo a preguntarme como otras veces: Qué fue la vida para mí? Un inmenso océano de existencias? Un camino a través del llano? Un oasis de esperanza en medio de esta realidad del cual todos se quejan? Todo eso, y algo más!

Eliazar Ortiz

Eliazar Ortiz

Soy Eliazar Ortiz, un enamorado de la vida, un apasionado de las letras, y un trotamundos distraído.
Eliazar Ortiz

Latest posts by Eliazar Ortiz (see all)

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *