Caral, cuna de la civilización andina

De los muchos viajes que no he querido narrar, hubo uno ―el menos recordado y el más ignorado― que sigue reclamando presencia desde lo más profundo de los recuerdos. De las razones que llevaron a callar, entiendo poco; y de los argumentos que justificaron esta felonía, apenas queda: ¡No fue escrito con la misma pasión con que otras veces escribo!; es más, ¡éste nunca fue escrito! Pero fue, ¡el viaje más importante de mi vida, hasta ahora!

De aquel viaje quedan las fotografías y los recuerdos; pero ningún dato registrado en mis diarios. Mas, a pesar del sinsentido que se vive al evocar las memorias que ya fenecieron. No por justificar más porqués ni apaciguar al inquilino que llevo dentro [conciencia]; contaré las impresiones de aquella travesía a los albores de la historia peruana, por encontrarme con mis raíces.

Raíces que se remontan a 5000 años, atrás: al asentamiento humano de Caral. Y desde el que se ha recorrido vastos y diferentes caminos, hoy conocidos como asentamientos humanos y culturas. Mas, a pesar de las fronteras temporales y espaciales que se pierden en la vastedad de épocas y lugares, no hay que olvidar que todos provenimos del mismo árbol: todos somos parte de la misma cultura de mil formas y colores.

Aquel viaje, el cual intento evocar, se pierde en los días nublados de inicios de año, con el vuelo precipitado de Cusco a Lima. Y de esta odisea, de apenas una hora, quedan las fotografías de picachos que sobresalen por entre las nubes, de largos ríos que por instantes logran divisarse a lo lejos, de pintorescos pueblos empequeñecidos, y del inmenso océano que bordea la costa peruana.
De las pocas ciudades que alguna vez visité, Lima es la ciudad más sui generis de América, y la ciudad que más admiro y detesto. Y esto talvez se deba a las impresiones e imágenes que los libros de literatura me han llevado a imaginar y sentir, o la verdad maquillada por los diarios capitalinos; porque de esta ciudad solo tengo algunos recuerdos de parques y calles del centro de Lima. Aunque yo creo que esto se debe más, a las escenas que desde la ventanilla de algún taxi me ha tocado observar: los barrios marginales que se levantan a las faldas de las colinas y se extienden a través de las extensas playas costeras, los cielos nublados que no conocen de la redondez del sol en algunas épocas, la prisa de su gente al caminar por las aceras, las carreras colectivas de sus buses y autos que compiten por ser el primero o el último en cruzar un semáforo, la verborrea de sus vendedores ambulantes que se ingenian mil formas para convencer, las costas y arrecifes donde las olas se estrellan contra las rocas, y la quietud de sus zonas residenciales donde las familias más adineradas del país respiran la opulencia y la riqueza.

De las impresiones del Terminal aéreo de Lima, en los que ojos desconocidos miran con desconfianza a todo viajero, no hay mucho que contar. Tampoco hay mucho que referir de la sinuosa salida de Lima hacia el Norte, en los que el aburrimiento y el sol moribundo duermen juntos, ni de las películas repetitivas y aburridas que el bus ofrece. Porque de las impresiones que más recuerdo de los 180 km a Supe, son los fotogramas de la película realista y naturalista que como siempre me toca apreciar desde la ventanilla de un bus: extensos arenales, olas juguetonas que juegan a besar las orillas del continente, barcos que se pierden en la distancia, esteras que luchan contra el sol y el viento del desierto, pueblitos que se levantan por doquier, y hombres afanosos en sus diligencias de cada día.

Al arribo a supe y luego de un almuerzo insípido retomo mi andar, en un auto, a través de una trocha rectilínea que sortea campos de maíz, algodón y espárragos. Unas veces fustigado por arbustos que crecen a las orillas de la carreta y otras por aguas vagabundas que se resisten a transitar por los canales de regadío. Observando las mil ocupaciones de sus pobladores, imaginando los otros tiempos en los que este valle albergó a los aborígenes de esta patria.

Cerca de las tres de la tarde, el lugar más importante que alguna vez quise conocer comienza avizorarse. Primero un pequeño pueblo que se erige en la parte alta del valle; y luego ―a la margen derecha del río Supe― rodeada por pequeñas cerros desérticos que permanecen inmóviles ante el sol abrazador, la ciudad milenaria de piedra y barro: uno de los asentamientos humanos más antiguos de América: Caral.

Imagina por un minuto la magnificencia de esta metrópoli: hombres de antaño que transitan por callejuelas de arena, voces que congregan miles en sus anfiteatros y templos, antaras y flautas en manos de expertos músicos que deleitan al pueblo y a los dioses con extrañas melodías, comercios que fluctúan sin necesidad de divisas, edificios piramidales y circulares que desgajan en perfectas armonías, khipus milenarios que guardan celosos sus cálculos matemáticos, cerámicas y estatuillas de barro sin cocer que engalanan sus retahílas, ecos de voces quechuas y aimaras que se repiten en aposentos y tertulias… Sin lugar a dudas, Caral fue el mayor vestigio de nuestros ancestros: la primera forma de civilización, génesis fecundo de la cultura andina.

Todo lo que somos, lo que fuimos, y mucho de lo que seremos se forjó en las arenas del desierto, con hombres que tal vez ni imaginaron que su legado perduraría en el tiempo hasta nosotros. Las antaras, las quenas, las cerámicas, el quipu, el algodón, y quién sabe qué logros más, fueron resultados de su civilización. Entonces no podemos asignar el legado cultural de la cultura andina solo a los incas. Es cierto que ellos fueron el logro mayor, pero no olvidemos que para llegar a esa cúspide nuestra cultura transitó por diferentes asentamientos humanos. Nuestra identidad cultural y nacional fue moldeada desde los hombres seminómadas que habitaron grutas y cuevas hasta los pasos silenciosos de mis pies por la arena que los lleva a imaginar los senderos andados. El Perú no solo son los incas, ni solo los Chankas, ni solo los Waris, ni… ni cualquier otro asentamiento humano: el Perú son todos los tiempos confluyendo en nosotros.

Las palabras no pueden pintar los colores que la percepción alcanza. Y aunque etérea, fue la tarde más perfecta que siempre añoraré: Miles de años de historia transitando presurosas ante mis ojos.

La noche comienza a caer al canto unísono del único río que cruza el valle fértil, donde los pobladores labran la arena por las pingues propinas que ofrece la agro exportación. Y ante la mirada atónita de cientos de chivos ―que después de haber arrancado las hojas de maizales y algarrobos― retornan carretera arriba hacia sus cubiles; comienza el retorno a Supe, y de allí a Lima.
La noche presurosa extiende sus mantos negros. Algunos minutos más y serán las 7:00. A lo lejos, las luces de la ciudad van muriendo de a poco en la distancia, como las memorias en sus albores.

Eliazar Ortiz

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Soy Eliazar Ortiz, un enamorado de la vida, un apasionado de las letras, y un trotamundos distraído.
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